Decidí empezar a escribir porque quería escapar, pero no, no se puede. Porque escribir es para valientes. Quizás eso mismo aplique a la hora de agarrar una mano, rodear un cuerpo con tus brazos, besar unos labios por primera vez, despedirse a tiempo, querer.
Hay cosas de las que queremos escapar, pero no sabemos cómo, y de pronto nos damos cuenta que ya no queremos. Le hemos encontrado la vuelta a tantas cosas que al principio no nos gustaban, que ya deberíamos haber aprendido que hay que ver algo más de una vez, escuchar atentamente, saber tocar, y sobre todo, quedarse más de una noche.
No se puede escapar, no de todo eso que te sigue moviendo el piso, aunque no esté.
Y entonces crecemos, maduramos, o al menos eso es lo que creemos, y empezamos a escribir, a besar, a tocar, a querer. Y ahora las letras, las caricias, todo sabe a otra cosa. Pero no, no hemos madurado, ni cerca estamos. Es sólo que ya no corremos, nos quedamos. Y eso es mejor.
Por eso hay que valorar siempre la valentía del que conociendo el camino de vuelta, se quedó. Junto a nosotros, aunque con eso se le haya hecho tarde, para llegar a otra vida.
Si no aprendemos a querer así, más nos vale no escribir, no sentir, no buscar. Eso si, la vida vivida de esa manera es triste. Pero claro, es algo que ya sabíamos desde el principio.
Quédate, no corras. No se puede llegar lejos huyendo de lo que te hace palpitar. Cuelga el miedo y ponte a escribir. O a querer. Al final, es la misma cosa.
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